Foto Ensayo

Paraíso (anzuelos)

por Emiliano Zúñiga Hernández
En esta edición de su ensayo Paraíso, Emiliano comparte su experiencia tras entregarse intuitivamente a aquello que brillaba en su mundo interno y que lo llevó por un viaje de sombras y transformación.

Viviría en una casa en la montaña, al lado de perros y gatos. Me levantaría temprano una luz muy brillante y anaranjada que se esparce por todo mi cuarto, iluminando un vaso de vidrio con agua de anoche, un baúl de madera que guarda mi abrigo, una fotografía enmarcada de un jardín en desarrollo, al lado una polaroid de Papá frente al volcán, una página en blanco en una máquina de escribir que está sobre el armario que mi mamá heredó de mi abuelo, un perro grande bostezaría mientras me ve levantarme, se baja de la cama casi al mismo tiempo que yo, se sacude y se estira.  

Saldría del cuarto, que es al mismo tiempo la totalidad de la estructura en la que vivo, es un domo blanco de paredes gruesas, hecho con super adobe. De otro domo sale otra persona, y de otro, otra. Caminaríamos sobre el zacate cubierto de rocío en dirección a una estructura grande que está al centro de la propiedad. Habría una cocina común en la que desayunaríamos antes de empezar la sesión. ¿Sesión de qué? Estaríamos dando un taller de trabajo de sombra, varios métodos para confrontar el ego, aligerar el peso del pasado, reencontrarnos con esa sensación de asombro y agradecimiento de ser lo que somos. Habrían llegado un grupo de personas a la sesión, de alguna manera las cosas funcionarían con el aporte que cada quien puede dejarnos para seguir haciendo lo que hacemos, de alguna forma algunas personas deciden quedarse más tiempo y ayudar con el jardín, se quedan para la sesión de la noche y la del día siguiente, de alguna forma hay un encuentro comunitario que busca iniciar un cambio de paradigma, un paso importante hacia una sociedad empática, una dirección que se siente esperanzadora, correcta y revolucionaria. 

Esto fue lo que escribí hace varios años en respuesta a la pregunta: ¿Cómo se vería mi vida si no existieran obstáculos? En otras palabras, que deseaba hacer con mi vida si todo fuera posible.

Hoy reviso mi respuesta y me asombra sentirme ajeno hacia ese deseo. Siento que quien lo deseó, vivió en otra vida que no era ésta, la que ahora habito. Puedo ver que ese deseo era quizás apenas un anzuelo, algo que brillaba y que me llevaba a creer que iba a encontrar respuesta a todas mis preguntas.

Aún así, lo cierto es que el ejercicio me abrió los ojos a darme cuenta de que una gran parte de mí sentía que no estaba viviendo, y que si quería reclamar mi presencia en el mundo debía escuchar ese deseo, explorarlo y sobre todo asumirlo, independientemente de si tenía lógica o no. Yo entendía muy poco o nada de por qué lo deseaba tanto, pero sí sabía que me levantaba y me iba a dormir sabiendo que aún no tenía los pies sobre esa visión, aún no había sido ejecutada.

Apenas unos meses después de este ejercicio, empezamos a vivir en una casa en las faldas de una montaña en Atenas, Alajuela. Una casa de techo puntiagudo con un balcón con barandas de hierro estilizado de otra época, detrás de ella una montaña poblada de coyotes, chicharras, un pájaro azul y verde de cola alargada que llegaba constantemente a las mecedoras de la terraza, iguanas y un murciélago que nuestra gata trituró debajo de mi cama a media noche. Me despertó el sonido de los huesos siendo quebrados por sus dientes afilados, a la distancia una vaca estaba pariendo lo que a la mañana descubrimos como una escuálida criatura blanca que podía ponerse de pie apenas segundos después de haber entrado a la realidad.  

Estábamos en ese mundo rural para desarrollar un centro de sanación y el comienzo de lo que visualizábamos como una comunidad autosostenible. Habíamos pasado algunos años aprendiendo sobre el concepto “Sombra” (The Shadow), un término de la aproximación psicológica jungiana que hace referencia a esas partes de nuestra identidad que nos avergüenzan, que constantemente buscamos esconder o que negamos.  

La mayoría de las personas usamos una máscara, adoptamos una forma de ser con la cual nos hemos sentido aceptades desde muy temprano en nuestras vidas. La lógica del proceso que facilitábamos no era mejorar esa máscara sino cuestionarla al punto en que perdía sentido seguirla usando. La ventaja del método que usábamos, era que consistía en cuarenta meditaciones enfocadas y dinámicas de psicodrama dirigidas a indagar, detalladamente, cómo se había ido construyendo esa máscara a lo largo del tiempo. Cuando había un momento de claridad a través de esas meditaciones que invitaban a una profunda autocrítica y honestidad, casi todes llegábamos a entender que eso que modelábamos en el mundo no había sido necesariamente elegido por nosotres, sino un resultado de un acuerdo inconsciente que habíamos hecho con nosotres mismes, con nuestra familia, sociedad, cultura … y que sobre todo, obedecía a mecanismos de defensa y una búsqueda de pertenencia que nos permitía encontrar algo de comodidad a cambio de autenticidad. 

Vivíamos sin una entrada específica de dinero, el centro se sostenía a través de donaciones. Nunca sabíamos qué íbamos a tener ni cuánto, pero siempre teníamos más que suficiente. Fue una forma muy importante de resignificar la abundancia, de entender la grandísima diferencia entre lo que se quiere y lo que se necesita. 

Entregarnos a este estilo de vida se sentía como querer hacer un rincón para lo irracional en un contexto que constantemente se burla de lo que no es ciencia exacta. Atenas era el espacio perfecto, era realismo mágico: rayos amarillentos de sol rebotaban contra el brillo de las hojas de un árbol de caucho a las tres de la tarde, el árbol tenía un aura a esa hora que cualquier escéptico tenía que reconocer. 

No nos habíamos terminado de asentar cuando recibimos a nuestra primera invitada. Se quedó dieciocho días en nuestra casa. Desde que llegó le pedimos que buscara un cuaderno nuevo y un lapicero para que escribiera todo lo que iba descubriendo de sí misma a través de las meditaciones que le facilitábamos. La meditación número diez la invitaba a ver qué deseaba y qué tanto su comportamiento obedecía a lo que estaba buscando. Se dio cuenta de que, al igual que en muchos de nosotros, lo que más quería para su vida era una especie de narrativa mental que no estaba siendo correspondida con acciones. Aprendimos que es algo muy común, algunos le llaman disonancia cognitiva, otros, resistencia. Significa que lo deseado no está alineado con lo que uno hace día a día.  

Durante tres años recibimos aproximadamente a ochenta personas y cambiamos de centro tres veces (uno de ellos, es la casa en la que aún vivimos Natsuko, tres perros, tres gatos y yo). 

Toda esta etapa fue para nosotros un período para formarnos de nuevo, esta vez desde una perspectiva en la que teníamos la posibilidad de entender y darle vida a un paradigma a través del consenso, la empatía, y sobre todo, una certeza de que nos estábamos haciendo responsables de lo que realmente queríamos aportarle al mundo. Estar al servicio de otres nos hizo conscientes de que todas las personas están atravesando algo en silencio, lamentablemente quienes buscan espacios u oportunidades para exteriorizarlo son una grandísima minoría.  

Nuestro rol era el de acompañar en sus procesos de sanación a personas que nos daban su confianza, y esto, lejos de convertirnos en sirvientes nos acercaba a encontrar dentro de nosotres un potencial enorme. Entendimos que ser sanadores no significa necesariamente ser personas con mucho conocimiento, sabias, ni iluminadas, significa tener la capacidad de ponerse en los pies del otre, mostrarles que a uno le importa lo que están sintiendo y en algún momento, hacer el recordatorio de que todas las personas podemos transformarnos si la intención es lo suficientemente sincera.

El proyecto empezó a dejar de funcionar cuando les miembres núcleo empezamos a desear cosas distintas. No es tan fácil mantener un deseo en grupo.  

Poco tiempo después de la disolución empecé a experimentar un estado de ánimo que no conocía y un sentido de urgencia constante. Pasaron meses antes de que me diera cuenta de que estaba deprimido y que esa urgencia por resolver cosas que no sabía cómo resolver podía llegar a picos de pánico. Empecé a experimentar la época más oscura de mi vida. Llegué a sentirme mal incluso cuando todo a mi alrededor estaba bien. Llegué a pensar que ese iba a ser mi estado de ánimo para siempre. Nunca me había sentido tan solo. La idea de que yo estaba en un hueco en el que los demás no estaban, la idea de que quizás yo era demasiado frágil, que tal vez yo era un niño perdido en un mundo de adultos que ya sabían cómo hacer las cosas, y la peor, la que me daba más miedo: “que tal vez estaba recibiendo lo que merecía”.  

Nuestra forma de vida en los años de la iniciativa, había sido atípica y buscaba alternativas en un mundo quizás demasiado rígido como para buscar alterar su orden. De pronto sentí que tal vez había buscado rebelarme contra una forma de vida complaciente y segura y que eso me estaba pasando factura. A todo esto, se sumaban creencias que se me habían implantado décadas atrás en clases de religión en la escuela: que hay un Dios que castiga, que demanda, que está en continua vigilancia, algo así como una autoridad que está afuera de uno y a la que uno solo puede acercarse a través de rituales, de obediencia y de suprimir los deseos de todo aquello que no sea altruista. Se empezó a generar un auto desprecio, una emoción congelada que me dominaba, pero a la que no tenía acceso, algo así como un huésped increíblemente incómodo en mi propia casa. 

Un estado de culpa empezó a permearlo todo. Una analogía que venía mucho a mi mente era la de empezar un jardín, emocionarse con verlo crecer y luego suponer que va a mantener su belleza sin el esfuerzo de uno. Lo que más me pesaba era el contraste entre aquella primera visión, una visión tan llena de amor y de buenas intenciones, y la realidad tan cruda de llegar a estar sumergido en un estado totalmente desesperanzador. La culpa era algo irracional y basada en una percepción poco acertada, pero tenía cierta lógica: sentía que yo me había fallado y eso se traducía en sentirme derrotado por mi propio deseo. Vivía aislado en un jardín que me devolvía flores, mariposas, tomates, pero que yo no podía disfrutar. Curiosamente la etimología de la palabra “Paraíso” es 'jardín cercado'. Un jardín exclusivo para quienes lograron entrar. Para mí era un significado irónico, yo estaba en lo que a la vista era un paraíso, pero estaba cerrado… cerrado a quienes habíamos intentado ayudar en el pasado, cerrado para mí mismo, pero conmigo adentro y sintiéndome como un intruso en un espacio que solo podía ser disfrutado por otres.

Pasaron tres años de mucha confusión. Encontré en la fotografía una forma de por lo menos reaccionar de manera visual a lo que sentía. Se convirtió en mi dirección.   

Natsuko, los perros y los gatos, el agua del río, la chayotera del patio creciendo deliberadamente y borrando la malla de metal que nos separa del lote del vecino, eran como personajes de una película luminosa que iba en paralelo a mi depresión. Personajes que no estaban regides por lo que para mí se sentía como una condición. Esa película era como una pantalla de velos a la que yo no tenía acceso emocional pero que me estaba recordando una libertad que yo había probado en algún momento y que me invitaba constantemente a sentir que, quizás algún día, iba a poder ser parte de ese presente, que para mí era como un pasado extrañado y un futuro añorado.

Cuando el libro “Paraíso” se publicó, para mí fue algo así como una forma de venganza contra la abrumadora confusión en la que me vi sumergido, una forma extraña de catarsis. Fotografiar en esa época fue un gesto casi fabulesco para mí, era entrar en la cueva para extraer el objeto luminoso, o al menos así quise jugar con la complejidad de lo que estaba pasando.  

Puede ser que muchas veces seamos injustes al juzgar lo que deseamos. A veces reducimos ese ideal al que queremos llegar como algo que va a ser únicamente conveniente o inconveniente en nuestras vidas, como si fueran ideales estériles sin la capacidad de mutar. Viendo hacia atrás, hasta aquel momento en que escribí sobre cómo sería mi vida si no hubiera obstáculos, se me ocurre que tal vez en nuestra experiencia humana hay momentos en los que vemos anzuelos: brillos que nos invitan a entregarnos de manera intuitiva a ideas, vínculos, formas de vida o búsquedas, aunque no sepamos adónde nos van a llevar. A veces tenemos una visión y lo que vemos nos atrae. Puede ser que veamos un escenario específico, situaciones que queremos estar viviendo, ideales que queremos alcanzar. Cuando empezamos a caminar en dirección a ese brillo las cosas se empiezan a resignificar, nos damos cuenta de que lo que vimos era apenas como un espejismo que nos estaba invitando a entrar en una realidad mucho más compleja. Los colores y personajes de esa visión inicial varían, los tiempos se alargan y poco a poco nos vamos dando cuenta de que ese anzuelo venía desde mucho más adentro de nosotros que lo que pensábamos, era una guía que nos estaba llamando con un código que podíamos entender en el momento y nos enseñaba imágenes que nos iban a seducir. No estábamos viendo un lugar para aterrizar sino para partir.

Puede ser que hace años esa visión tan convincente no me estuviera invitando solo a participar en la creación de una comunidad que se iba a disolver, no me estaba llamando solo para crear un libro en medio de una sensación de fracaso ni para llevarme a experimentar estados de ánimo de exaltación o depresión. Creo, firmemente, que nunca voy a saber cuál era el propósito de ese brillo, lo único que sí puedo distinguir es que a partir de haberle puesto atención empezó otra vida para mí, una que considero propia.

Paraíso fue publicado como un foto-libro, que podés adquirir aquí.

 

CRÉDITOS

Texto y Fotografías
Emiliano Zúñiga Hernández


Costa Rica, 2023


Publicado en Enero de 2024
Volumen 8, Número 7

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