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Vecinos no humanos

por Adrián Arias, Alessandra Baltodano, Carolina Bello, Rebeca Chang, Francesca Franceschi, Leo Jiménez & Francisco Vásquez

En este ensayo participativo a través de redes sociales, queríamos invitar a nuestros seguidores a cultivar una genuina curiosidad por otras formas de vida y por los tejidos que nos atan.

Ruperto era un armadillo que atravesaba nuestro jardín de vez en cuando. Uno que otro martes, durante la cena familiar lo veíamos pasar apresurado pegado al muro de la terraza. Nos llevó un tiempo determinar que se trataba de un armadillo, y nunca supimos realmente de dónde venía o hacia donde iba. Pero después de varios encuentros le pusimos nombre y cuando aparecía bastaba un breve reconocimiento de su presencia: “¡Ahí va Ruperto!”

 

También había un pequeño búho que se posaba encima de los carros algunas noches. A este no le pusimos nombre pero su visita no dejaba de sorprendernos. Lo espiábamos desde la ventana de la cocina para no espantarlo. Ciertamente, no todos los encuentros con otros seres en la casa eran tan pasivos. Por años, de la perilla de la ducha de mi baño salían miles de hormigas cada vez que encendía el agua caliente. En un acto tiránico, yo les tiraba agua hasta deshacerme de ellas. Mis papás bañaban con sal a las babosas que se metían a la casa; y nunca he dudado dos segundos para aplastar a una cucaracha o a un alacrán. La convivencia no es siempre armonía, pero incluso en el acto de matar existe un reconocimiento del otro.

 

Aún en las ciudades resulta difícil alienarse del todo de la presencia de otras especies. Sin embargo, esa separación de todo lo “salvaje” ha sido siempre el motor y propósito del diseño de las ciudades. Convivimos con nuestros perros y gatos, pero espantamos a los ajenos; toleramos ciertos insectos, pero a la mayoría los matamos; aceptamos una vegetación controlada y decorativa, pero padecemos de una especie de fobia al montazal; queremos comer animales, pero nos retorcemos ante la idea de verlos morir. La “Naturaleza” (con N mayúscula) está allá retirada en las montañas y en las playas y en las fincas; mientras que las ciudades son una especie de fantasía antropocéntrica. La economía de los combustibles fósiles nos juró que podíamos destruir a la biodiversidad y reemplazar sus funciones con el vertiginoso ritmo del ‘progreso’. Nos acostumbramos entonces a una especie de segregación entre las ciudades y la vida silvestre.(1)    

 

Pero lo cierto es que a pesar de la destrucción y la negligencia, todavía coexistimos con miles de seres que desafían la utopía pulcra de una ciudad exclusivamente humana y tecnológica. Telarañas entre las macetas, zacate que emerge de un muro de concreto, ríos, armadillos que cruzan jardines, polinizadores, libélulas y mosquitos; semillas, hongos y bacterias. Toda una serie de universos que sobreviven precariamente en medio de nuestro déficit atencional. Y cada vez comprendemos mejor que incluso aquella “Naturaleza” lejana está inevitablemente interconectada a nuestra vida diaria. Estallada la burbuja mítica del progreso y el crecimiento ilimitado, nos hemos visto forzados a mirar ya no hacia adelante, sino a nuestro alrededor, y lo que nos encontramos fueron ruinas.(2)    

 

En menos de mis 31 años de vida, el área urbana en el mundo se ha duplicado y ha habido una expansión sin precedentes de infraestructura ligada al consumo, todo esto a expensas mayoritariamente de bosques, humedales y pastizales. La presencia de especies nativas en la mayoría de los principales biomas terrestres ha disminuido en al menos un 20%, alterando el ecosistema con consecuencias impredecibles. Y alrededor de un 25% de especies de plantas y animales se encuentran amenazadas, lo que sugiere que cerca de 1 millón de especies van camino a la extinción si no se toma ninguna acción para detener la pérdida de biodiversidad.(3) ¿Cómo pudimos pasar todo esto por alto? Tal como dice la naturalista y escritora Terry Tempest Williams: “si no sabemos con quienes convivimos, cuando se desvanecen no hay nadie para llorar esa pérdida”.  

 

Considero que esta frase encierra dos grandes verdades a las que nos enfrentamos en esta crisis planetaria. La primera es la desatención y desconexión de nuestras comunidades. Cada vez conocemos menos a aquellos que viven cerca de nosotros, humanos y no humanos. Esta enajenación nos ha depravado de las relaciones que nos sustentan emocional y físicamente.

 

La segunda es el luto. Si tememos ver la vida a los ojos, es porque no estamos equipados para lidiar con la muerte. Sin las herramientas emocionales y espirituales necesarias, no sabemos lidiar con el dolor que inevitablemente causa la realidad actual y optamos por recurrir neciamente a los somas modernos.   

“Nuestra dificultad para ver lo que le estamos haciendo a nuestro mundo deriva no de una cruel indiferencia o ignorancia, sino del miedo al dolor. (…) Pero cuando lo miramos, cuando lo tomamos en nuestras manos, cuando podemos simplemente estar con él y seguir respirando, entonces él se da vuelta. Se da vuelta para revelar su otra cara, y la otra cara de nuestro dolor por el mundo es nuestro amor por el mundo, nuestra absolutamente inseparable conexión con toda la vida.”  Joanna Macy

El trabajo comienza entonces con nuestra atención y nuestra presencia. El reto que lanzamos este mes desde Wimblu era justamente prestar atención a nuestra vecindad planetaria y darle reconocimiento, aunque fuera por un minuto con una simple foto, a aquellos mundos no-humanos que nos rodean. Cultivar una genuina curiosidad por otras formas y ritmos de vida, humanas y no humanas, y por los tejidos que nos atan, es el primer paso para transicionar de un modelo destructivo y violento, a uno de cuidado y sustento para vidas diversas. Es el Arte de Notar dice Ana Tsing, es quedarnos con el problema nos sugiere Donna Haraway, es cultivar una profunda conciencia sobre la red de la vida en cada paso de nuestras vidas afirma Vandana Shiva. Es devolver a la tierra su valor sagrado y volcarnos en reverencia hacia la comunidad biológica que nos sustenta física, emocional y espiritualmente.

 

Son las cosas chiquitas, como dice Galeano, las que pueden sanar y reconstruir estas comunidades biológicamente diversas. Son los grupos de mujeres protegiendo semillas en la India o sembrando árboles en Kenia. Son las comunidades guanacastecas luchando por sus fuentes acuíferas. Son los budistas en tailandia “ordenando” árboles como monges para evitar su deforestación. Son las mujeres de Vanuatu bailando al ritmo del agua para sostener su conexión milenaria con el mar, son colegiales protestando los viernes por el futuro del planeta, es Extinction Rebelion con sus intervenciones no violentas. Pero somos también todos y todas, honrando nuestro lugar y responsabilidad dentro de la red de la vida, e involucrándonos emocionalmente con un mundo al que ahora más que nunca hay que defender como a un ser querido.

“No vamos a rehacer nuestras instituciones rápidamente pero donde podemos comenzar de nuevo es como vecinos, lo cual  tampoco está exento de desafíos.” Krista Tippett.

Referencias:

(1) Referencia a las palabras de Vandana Shiva en el podcast For The Wild. “Dr. Vandana Shiva⌠ENCORE⌡ /118. On the Emancipation of Seed, Water and Women”. 

(2) Referencia a los argumentos de Ana Tsing en su libro Mushrooms at the End of the World.

(3) IPBES 2019

 

Blumberg, Antonia (2015). Buddhist Monks Ordain Trees To Protect The Environment. The Huffpost. 

Emilie-Dorion, Aude (2019). In Vanuatu, women draw strength from the rhythm of the ocean. Earth Journalism Network. 

Haraway, Donna (2016). Staying with the Trouble. Duke University Press Books.

Tsing, Anna (2015). Mushrooms at the End of the World. Princeton University Press.

Young, March (Producer) (2019). Podcast For The Wild. “Dr. Vandana Shiva /118. On the Emancipation of Seed, Water and Women”. 

Podcast On Being with Krista Tippet (2011). “Terry Tempest Williams. The Vitality of the Struggle”.

Podcast On Being with Krista Tippet (2010). “Joanna Macy. A Wild Love for the World.”

Podcast On Being with Krista Tippet (2006). “Wangari Maathai. Marching with Trees”.

IPBES (2019). Resumen para policy-makers del reporte de la Plataforma intergubernamental de ciencia y política sobre biodiversidad y servicios ecosistémicos (IPBES).

CRÉDITOS

Fotografías

Adrián Arias, Alessandra Baltodano, Carolina Bello, Rebeca Chang,

Francesca Franceschi, Leo Jiménez, Francisco Vásquez

 

Texto

Alessandra Baltodano

 

2019. Costa Rica, Holanda, España & Nueva Zelanda

 

Publicado en Junio, 2019

Volumen 2, Número 5

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