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Anhelo de las aguas migratorias

por Hanna Laura Kaljo
Presenciando los caminos del agua a través de quienes viven los paisajes de la India, Hanna Laura sigue el rastro de la caminante Abhisarika Nayika como un portal para pensar el deseo, el movimiento y la pertenencia como entramados.
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El tiempo es lento en Kumarakom, en India Meridional. Un tapiz de canales y lagunas salobres, los remansos descansan paralelos a la costa de Malabar. Aquí el ritmo de vida le hace eco a las canoas que se deslizan sin prisa río abajo, pasando a los pescadores tirando las redes, con el sudor brillando en sus frentes oscuras. Al mediodía, cuando el sol está en su punto más alto, la hija pequeña de mi alojamiento se sienta a la sombra del patio y hace girar un aro de metal hasta el infinito. Aunque no podamos conversar la una con la otra, ella y yo, nos encontramos alrededor de la rueca, riéndonos. Por la tarde, su madre le enseña inglés, sus pequeñas manos apretadas entre las de su madre mientras ella repite: "hogar". 

Una tarde oigo un camión que se detiene detrás de mí mientras veo a una anciana trenzar hábilmente hojas de palmera para hacer tejados, su sari rosa enrollado alrededor de las piernas mientras se agacha en el piso de tierra. Sin interrupción al movimiento de sus manos, levanta la mirada hacia la carretera, un estrecho camino abrasador paralelo a un río artificial de 80 años de antigüedad. 44 ríos atraviesan el estado de Kerala, una región rica en agua. El camión se detiene y unos hombres se unen a otros que ya están trabajando en los cimientos de una casa.

"Todavía estamos reconstruyendo casas", explica mi guía, un hombre de sonrisa amable e inquebrantable. Hace cinco años, el 8 de agosto de 2018, 35 de las 54 represas se reventaron, provocando inundaciones repentinas tras las continuas lluvias torrenciales. Los cursos de agua se liberaron, derribando sus confines artificiales, 25 000 cuerpos forzados rápidamente al movimiento. Mientras él rememora, una bandada de patos aparece desde el agua, siguiendo ansiosamente la voz de la anciana para alimentarse de una cubeta de granos, ahora resguardada del calor del mediodía. "25.000 cuerpos desplazados a campos de socorro".

¿Cuál es la relación entre el deseo y el movimiento? ¿Cómo se relacionan con nuestro sentido de pertenencia, especialmente en una era de cambio climático?

Caminando por la galería aclimatada del museo CSMVS de Mumbai, en India Occidental, me encuentro con un cuadro de una mujer joven que se abre paso a través de una noche sin estrellas. Ni siquiera la luz de la luna para exponerla en su viaje. En sánscrito, Abhisarika Nayika se traduce como la que "se mueve" o "avanza". La poetisa y novelista india Priya Sarukkai Chabria la describe como la heroína que "resuena con el anhelo de la ausencia, todavía empecinada, espléndida, transgresora, vagando por senderos salvajes que aparecen ante sus pies". Ella simboliza a una mujer que se adentra en la noche, desafiando el peligro, impulsada por su deseo de reunirse con su amado.

Abhisarika Nayika es mencionada por primera vez en un tratado sobre las artes escénicas, Nāṭya Śāstra, datado comúnmente entre 200 a.C. y 200 d.C. Tal como el agua en movimiento, ella aparece y reaparece en la danza clásica, la literatura, la pintura y la escultura india. Más que las otras siete Nayikas (las heroínas clasificadas por el tratado sánscrito) y los estados vivenciales de una mujer que ellas expresan, ella es el amor en acción. Con una convicción comparable a la de una inundación fluvial, abandona su casa en secreto y se despoja de su identidad previa, conteniendo los opuestos: "su duda innata para desafiar las convenciones sociales y el amor que la hace rebelde", escribe Chabria. Las barreras a pesar de las cuales ella realiza su viaje pueden haber cambiado a lo largo de dos mil años, pero el anhelo de conexión que la mueve, el anhelo que compartimos, persiste.

En la lengua inglesa hay una resonancia apropiada entre las palabras "longing" (anhelo) y "belonging" (pertenencia). Los humanos vivimos para pertenecer, anhelamos crear un mundo de experiencias significativas compartidas. Este anhelo está presente en los primeros días de nuestra vida cuando, antes de iniciarnos en un sistema semántico culturalmente específico, nos adentramos en la comunicación a través del sutil intercambio de ritmos emocionales. El intercambio no verbal, similar a una danza, entre cuidadores e infantes da lugar al "sentimiento de pertenencia", que la psicóloga del desarrollo Maya Gratier y la psiquiatra Gisèle Apter-Danon describen como un equilibrio delicado y dinámico "entre la uniformidad y la novedad, entre las trayectorias conocidas y los desvíos aventureros".

De adultes pertenecemos de maneras más complejas, a través de un sinfín de afiliaciones, pero aun así seguimos arraigades en movimientos a través del campo relacional. Ahora este campo incluye más humanos, más-que-humanos, varios territorios y caminos. A menudo he pensado, no sólo por haber construido y perdido hogares relacionales o por haberme mudado ida y vuelta de un país a otro, o quizá por haber encontrado una pertenencia estable en la danza, que cada une de nosotres habita una topografía personal que es menos un territorio y más una coreografía. Al igual que la musicalidad de la interacción madre-infante descrita por Colwyn Trevarthen, catedrático de Psicología Infantil y Psicobiología, esto refleja nuestro deseo humano de aprendizaje cultural, nuestra habilidad innata para movernos, recordar y planificar en simpatía con otres.

Creamos a medida que nos movemos. El antropólogo Tim Ingold escribe que la existencia humana no está fundamentalmente vinculada, sino vinculándose a un lugar: se desarrolla no en lugares, sino a lo largo de caminos; avanzando por un camino, cada habitante deja un rastro. Cuando les habitantes se encuentran, los rastros se entrelazan como hojas de palmera, trenzados, a medida que la vida de cada une queda vinculada con otre. Los seres humanos habitan la tierra como caminantes, afirma Ingold. También desde la perspectiva del desarrollo, nuestro sentido de pertenencia no se origina en un lugar o una cultura concretos, sino en una musicalidad intersubjetiva. Incluso podríamos decir que, antes que nada, pertenecemos a, y a través de, un proceso de movimiento, un flujo temporal, entre el anhelo del hogar y el anhelo de lo desconocido.

La cordillera Sahyadri se extiende por seis estados y alimenta los ríos perennes de la India. "Es como estar cerca del lugar donde todo comenzó", tecleo en mi teléfono, sentada al borde de la cama en un estudio soleado convertido en habitación de huéspedes, frente a una orquesta de marathis, tráfico y cantos de pájaros. Una parte suena suave, como burbujeando hacia la superficie. La mayor parte es agudo, un silbido punzante reminiscente de los camiones vivamente adornados que anoche se esforzaban por subir por los Ghats occidentales. Mientras yo serpenteaba junto a ellos hacia la ciudad de Pune, el sol se alzaba sobre el lugar donde confluyen los ríos Mula y Mutha. Sin embargo, es hasta ahora que empiezo a asimilar la India.

Hombres que hablan marathi están ensamblando muebles en la sala. Cajas desempacadas se amontonan en los bordes de los dormitorios y en ambos balcones. El estudio da a un frondoso patio residencial y a las pálidas fachadas de los edificios vecinos. Ahí fuera, marcando cada amanecer y atardecer, una flautista ofrece su melodía a la sinfonía. Su sonido es como la campana de un templo que llama a la presencia. En los estantes hay libros que van desde la carpintería y el yoga hasta la recolección de agua de lluvia, principalmente literatura académica sobre ciencias medioambientales. Un par de ellos son de la autoría del esposo de mi madre, profesor de hidrogeología, el estudio de las aguas subterráneas y su movimiento oculto.

De día o de noche, su teléfono suena sin cesar. "No se trata de mí", dice, apoyando su alta figura canosa en la puerta de la cocina tras otra llamada, "se trata del agua". En Maharashtra, donde el agua superficial escasea, él vive para ayudar a que brote el sustento del agua. Un Ganesh hecho a mano reposa montado por encima de él mientras él habla, el dios hindú de los comienzos, el que quita los obstáculos, venerado a través de las tradiciones religiosas locales. Había visto figuras similares, con cabezas de elefante, en los parabrisas de los camiones, algunas acompañadas de abalorios o tejidos "recolectados de ceremonias", explicó la hija del geólogo. Ella es profesora de danza clásica india. Ella también conoce el movimiento.

Aquí todo está en proximidad de todo lo demás: las intersecciones de caminos son puntos de encuentro, nudos momentáneos. Capto el reflejo de mi madre en el espejo retrovisor redondo de nuestro tuk tuk aquella tarde, la cola de su pañuelo marfil ondeando en el viento polvoriento.

Aunque los seres humanos somos en esencia caminantes, a menudo se describe la migración como algo que conlleva una sensación de ruptura. Un estudio conducido por Gratier y Apter-Danon encontró evidencia de que las madres que habían perdido su sentido de lugar como resultado de experiencias de emigración problemáticas tenían dificultades para mantener intercambios vocales animados y emocionantes con sus bebés. Estas mujeres migrantes parecían cercenadas de su "sentido de hogar" y, en consecuencia o simultáneamente, de su flujo temporal innato. Su capacidad para fomentar un "sentimiento de pertenencia" con y en sus recién nacidos también se vio afectada.

La forma en que nos movemos importa. Las antropólogas sociales Claudia Liebelt, Gabriele Shenar y Pnina Webner han demostrado que uno de los modos en que algunes migrantes desafían esta sensación de ruptura, alentando "un deseo insatisfecho de capturar una totalidad subjetiva, imaginaria y pérdida", es reformulando la geografía moral de la diáspora convirtiéndose en peregrines religioses. La peregrinación, como la migración, atraviesa fronteras administrativas y políticas, pero también "reimagina el paisaje ético de la patria y la diáspora", transformando así la experiencia subjetiva de quien se desplaza. Se convierte en una existencia vinculándose a un lugar, una que "desestabiliza la dicotomía entre residencia fija (ergo cultura, identidad) y movimiento". Sea cual sea la orientación religiosa de cada une, a través de la peregrinación une trenza sus propias geografías sagradas y encarna la naturaleza coreográfica de la pertenencia propuesta anteriormente en este ensayo.

Si pensáramos en Abhisarika Nayika como una mujer emigrante, ella parecería ser una peregrina. Impulsada por su deseo de reunirse con su amado, su viaje transgrede las fronteras y las normas sociales, y la lleva a desprenderse de su identidad previa. A medida que se desplaza —geográfica, corporal, afectiva o relacionalmente—, recorre un camino por debajo y entre su origen y su horizonte. Imagino a su amado como algo no externo a ella, sino como una especie de creatividad, un crecimiento interno. Imagino que, en lugar de alcanzar la pertenencia en un objeto de su deseo, realiza su pertenencia a través del deambular devocional de sus pies o, de hecho, a través de la musicalidad relacional.

Tarde por la mañana, estacionamos entre dos puestos de comida y descendemos a través de tiendas que venden infinidad de regalos a los dioses, pasando por la entrada "rápida" del templo Ranjangaon Ganpati. Ante las puertas de seguridad me quito los zapatos, aliviada de encontrarme con un frío suelo de cemento. Abajo, luego arriba, una escalera, el camino conduce a través de amplios vestíbulos, luego se estrecha y se ralentiza. Algunes locales en la fila llevan cuencos de ofrendas con coco o fruta. Hay flores trenzadas en el pelo de las mujeres; irradian.

Toma un rato hasta que fluimos de nuevo a un espacio abierto, a un gran patio, que da a un pequeño templo. De repente, el esposo de mi mamá se detiene. "Les veré al otro lado", dice, alejándose de las puertas. Lleva un cinturón de cuero; sería una falta de respeto que entrara. 

Otro Ganesh, esta vez adornado con flores frescas, se sienta a la entrada. Les peregrines acercan las manos a su figura, a las flores que lleva encima, antes de tocar sus propias frentes. Está abarrotado. Un hombre dirige nuestro flujo como si condujera el agua hacia una reserva. "Caminaré deprisa", pienso para mis adentros. Sin embargo, cuando me paro ante el altar, el conductor señala hacia sus profundidades, como indicando: "este es tu momento". Instintivamente, me inclino en reverencia.

"¡Ahora estás bendecida!", dice el esposo de mi madre cuando abro las palmas de las manos para revelar los dulces allí depositados. Muches de les peregrines son parejas jóvenes, a punto de casarse, recolectando bendiciones y haciendo ofrendas. El templo se ha construido alrededor de una fuente de agua y, mientras subimos a su borde de piedra, contemplando hacia abajo el pozo seco, él me habla de un río de la región que sólo fluye una vez cada tantos años.

Al acercarme para estudiar las líneas precisas y delicadas que representan a una Nayika caminante en el cuadro de la calcinadora Mumbai, me acuerdo de un artículo sobre el deseo del agua por la periodista Erica Gies. Ésta sugiere que lo que muches de nosotres consideramos un "río" es un canal restringido y enderezado que ya no deambula por sus llanuras aluviales. Asiento a su conclusión: "como la verdadera naturaleza del agua dulce es flexionarse con los ritmos de la tierra, la clave para una mayor resiliencia tanto a las inundaciones como a las sequías es reclamar espacio para que el agua interactúe con la tierra".

Como invitada en India, me expongo a los caminos del agua a través de quienes viven estos paisajes. Al ver a una mujer reconstruir tras una inundación en el sur de la India, oigo al agua hablar de su deseo transgresor de moverse. Escuchando al hidrogeólogo atender el teléfono al amanecer en la India occidental, la oigo hablar de sus movimientos lentos y ocultos por debajo de un lugar de sequía. De este modo contemplo el carácter migratorio del agua.

Las observaciones, experiencias e ideas entrelazadas en este ensayo errante me llevan a proponer que la pertenencia humana, como la del agua, se entiende y se cuida mejor en su relación con el movimiento. Después de todo, desde lo más temprano de nuestros días, pertenecemos a través del sutil intercambio de ritmos emocionales, movides por el anhelo de crear un mundo de experiencias significativas compartidas. Todes, en diversos grados, habitamos sistemas en los que la capacidad de viajar libremente —geográfica o interpersonalmente— es un privilegio. Nos movemos, como Abhisarika Nayika, dentro y a pesar de las restricciones de nuestras presas y desviaciones. Lo hacemos como una expresión de nuestro deseo y capacidad innatos de creatividad como conexión.

CRÉDITOS

Texto
Hanna Laura Kaljo

Ilustración
Francisca Álvarez

Inglaterra. 2023

Publicado en Enero, 2024
Volumen 8, Número 8

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