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Talitha Koum

por Glorianna Ximendaz

 

En este ensayo sensorial sobre una tierra de olivos, amor e injusticia, Glorianna nos lleva en un viaje que la conectó con las historias que contaba su abuelo y con raíces que brotan una y otra vez a pesar de la dura realidad

I

 

En el año 2012 mi abuelo falleció por cáncer. Antes de ingresar a la unidad de cuidados intensivos, tuvimos—probablemente—la conversación más importante de nuestras vidas, una que me marcó profundamente; después de esta conversación nunca hablaríamos más. 

 

Seguido, decidí abrazar un rumbo muy diferente en mi vida; años después emprendería un viaje junto a mi pareja hacia el Medio Oriente, Palestina. 

 

Desde que tengo memoria mi abuelo me habló de estos Montes, de los olivos y sus paisajes de otra época; cuando hablaba de este lugar sus ojos se llenaban de lágrimas, su conexión era una conexión espiritual, poderosa, yo cerraba mis ojos e imaginaba cada uno de los detalles de sus historias hasta quedar dormida. 

 

Durante nuestra última conversación le hice una pregunta, ¿qué haría por última vez antes de morir? Me respondió dos cosas, una de ellas fue ir a este lugar. 

 

Decidí ir a buscar esa conexión espiritual, descifrar cosas de mi vida. 

 

El primer encuentro me marcó de manera profunda, establecí conexiones que nunca había encontrado, sentimientos que no había experimentado, fue algo poderoso y difícil de explicar. El segundo encuentro fue aún más poderoso, como si hubiera nacido de nuevo. Mi abuelo siempre me decía que uno podía nacer dos veces, la primera en carne y la segunda en espíritu. 

Para mi nunca fue claro de dónde vengo, pero ahora siento que volví a nacer.

II

 

 

Nací de nuevo para reconectar con el espíritu y con mis antepasados, compartamos un lazo sanguíneo o no.

 

Blanco

 

—Correr—entre una lluvia de piedras y balas, pensar que es el cielo porque el entorno se vuelve blanco, pero parece un infierno porque el aire es tóxico y pesado. Abrazarnos, correr, llorar, ver cómo cuerpos caen en el suelo mientras otros los levantan. Escuchar ambulancias, gritos, ver cebollas llover para combatir los gases lacrimógenos. Esos gases que sofocaron hasta la muerte a tus amigues, a tus seres queridos. Esos gases que te dejaron inconsciente donde sentiste que el color blanco era lo último que ibas a ver.

 

Estrellas de Dinamita

 

Ver cómo el cielo se tiñe de rojo y naranja, cómo el suelo se sacude como un terremoto, como un volcán a punto de explotar, ver el vidrio temblar sin poder controlarse, así como nuestros cuerpos en la madrugada escuchando estallidos que rompen barreras del sonido, que nos dejan ensordecidos, mientras nos abrazamos, sujetando nuestras manos, escuchando esos truenos imaginarios dentro de las entrañas. Nos agachamos, nos despedimos. Esa cicatriz que se reactiva y te une con esos más de dos millones de seres de luz atrapados. Sólo queda materia en escombros.

 

La Despedida

 

Ver como se llevan a tu hermana, a tu hermano, a tu madre, a tu padre, a tu esposo, a tu esposa, a tu abuelo, a tu abuela. a tu tía, a tu tío, a tu primo, a tu prima, a tu amigo, a tu amiga. Verlos por última vez en brazos de los soldados, gritando a las dos de la mañana sin saber a dónde van, la última imagen, siendo secuestrados por el ejército.

 

El Retorno

 

Refugiados y refugiadas de sus propias tierras esperando retornar. Heredando una historia injusta, con la fuerza como el gen más poderoso. Nos cortaron nuestros árboles y nos trataron de enterrar, pero no sabían que éramos semillas que volverían a brotar. Porque esas raíces son más fuertes que cualquier militar.

III

 

La sangre dicen, nos jala, pero la energía, es aquello que nos conecta.

CRÉDITOS

Fotografías & Texto

Glorianna Ximendaz

 

2020. Costa Rica & Palestina

 

Publicado en Julio, 2020

Volumen 3 , Número 7

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