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Un Paisaje que habla

por Fernando Chaves Espinach



Cortesía de la artista. Malena Szlam, ALTIPLANO, 2018, 35mm, color, sonido, 15 minutos 30 segundos.

Explorando tres obras de documental creativo, Fernando ofrece una reflexión sobre la relación entre el paisaje y la Historia, y las formas en que el cine y la fotografía pueden reconectar ese vínculo desdibujado por el olvido.

Veamos la ausencia: las historias disimuladas, suprimidas o todavía no contadas. Lo que no está allí y exige hablar; lo que, silenciosamente, ensordece. 

 

Al contemplar un paisaje y, sobre todo, cuando nos disponemos a atravesarlo, buscamos las claves para leerlo: qué va dónde, cómo y cuánto percibimos de su composición, cuáles procesos le dieron su forma. Leer un paisaje puede implicar un esfuerzo por reintegrarlo a la Historia: una lectura activa que, al transformarlo en el presente, recupere su pasado para afianzarlo en otro futuro. Un futuro donde el luto sea posible y visible, por ejemplo.

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De 1915 a 1923, el Imperio Otomano, en sus últimos estertores, lanzó una campaña de deportación y asesinato de los armenios cristianos en su tierra. Armenia estima más de un millón y medio de muertos; el gobierno turco no reconoce lo ocurrido como genocidio. El proyecto multimedia 1915 (2015), de Diana Markosian, busca reconectar los extremos de la tragedia, sus últimos sobrevivientes con los vestigios, apenas discernibles, de un crimen en gran parte negado por políticos descendientes de un Estado que ya no existe.

 

Markosian reúne a las víctimas con su pasado por medio de imágenes de sus pueblos natales, hoy apenas visibles. Gracias a ellas, conocemos a Movses Haneshyan, entonces de 105 años, tocando una inmensa fotografía de su tierra, que ve por primera vez en un siglo. Yepraksia Grevorgian, de 108 años al momento del proyecto, recuerda haber visto a los soldados otomanos tirar los cuerpos de armenios al río Akhurian. Cien años después, Markosian la retrata con una foto de aquel río, con una torre derruida como una de las pocas evidencias de la vida que, antaño, vibró en este rincón del mundo.

 

Markosian llegó a la historia de su pueblo por la vía más personal, la del reencuentro con el padre. A mediados de los 90, tras la caída de la Unión Soviética, su madre se la llevó, junto con su hermano, a Estados Unidos. Papá quedó atrás. Su madre había ejecutado el olvido en las mismas fotos familiares al cortar la imagen del padre. Markosian viajó a Armenia en busca de un hombre al que nunca creyó ver de nuevo. Inventing My Father (2013-14) no solo representa ese reencuentro: lo realiza en su propia ejecución, como una serie de fotos colaborativas creadas en conjunto con un hombre que, poco a poco, vuelve a ser lo que no pudo por dos décadas.

 

La práctica colaborativa de Markosian complejiza nuestra relación con las imágenes al exhibir el tejido interno de la búsqueda. Nos hace partícipes del proceso de recordar, de producir las imágenes de la distancia y la separación. Reúne lo escondido por la historia mediante un esfuerzo físico implícito en los retratos de los ancianos con las vistas de sus aldeas natales, de las que solo vemos escombros, huellas indefinidas. 

 

Con el advenimiento de la fotografía, nos recuerda Jacques Rancière, “todas las vidas entraron en la luz compartida de una escritura de la memorable”, antes privilegio de las figuras “grandes” de la Historia en mayúscula. La aparición democratizadora de la “escritura de la luz” ha engendrado algunos de los más influyentes proyectos fotográficos, por supuesto, siempre en la búsqueda de extraer de las tinieblas los rastros de vidas periféricas, marginales, subalternas. Esa búsqueda nos ha llevado, incluso, a fotografiar fantasmas, como en el proyecto de Markosian: presencias espectrales que habitan parajes vaciados por la violencia. 1915 restituye la historia a su paisaje e, incluso, la desplaza para regresarla a sus testigos y sobrevivientes, privados de ella por un poder amnésico.

Imagen cortesía de Icarus Films y Grasshopper Film. Dead Souls, 2018.

Wang Bing erige monumentos cuya escala masiva apenas empieza a hacer mella en la gigantesca empresa de olvido que combaten. Para Dead Souls (2018, 495 min), grabada entre el 2005 y el 2017, recogió 600 horas de testimonios de 120 sobrevivientes de los campos de “reeducación” para derechistas ordenados por Mao Zedong en el desierto de Gobi. De más de 3.200 presos, solo sobrevivieron 500. Las primeras siete horas de la película comprimen declaraciones de unas 15 personas; en la última hora, se esboza la reconstrucción de la experiencia de un preso mediante múltiples perspectivas. Pero el dolor, en última instancia, es inenarrable. Al cierre, la película recorre el paraje de la muerte.


La temperatura en el desierto de Gobi puede bajar a −40 °C. En verano, puede llegar a 45 °C. Los “crímenes” de los condenados iban de la oposición a nimias directrices del Partido a acusaciones indefinidas que, no obstante, los condenan a los interminables meses en aquella tierra inhóspita. Otra manifestación del proyecto del director, Traces (2014, 29 min), es un silencioso vistazo a lo que queda de los campos de trabajo. Muy poco, casi nada. Hasta que aparece un hueso. Un puñado de huesos. Y otro más. Y nada. Mucha nada. 


Por su parte, Dead Souls, con su acumulación testimonial, nos obliga a confrontar el silencio del paisaje. A propósito de El hombre sin nombre (2009, 92 min), que sigue a un ermitaño habitante de las cuevas al norte de China, el filósofo Georges Didi-Huberman escribe: “La duración de los planos de Wang Bing me parece ante todo un gesto de respeto ante los gestos de esa vida minúscula”. En Dead Souls, este respeto es llevado al paroxismo no solo por la duración de los planos sino por su intensa humildad, restringidos al registro frontal de las entrevistas y a detalles que, en su aparente banalidad, no hacen sino reforzar la insoportable presencia de la muerte en los testimonios de los ancianos. 


Ver la película implica esfuerzo físico e intelectual. Una escena dolorosísima nos pone frente a un hombre que apenas puede comunicarse. En otras, los sobrevivientes sonríen amargamente, riéndose del azar que los llevó a su castigo. Las mujeres completan las narraciones de los hombres, las corrigen, se alejan. La ligereza de algunas conversaciones no aminora el impacto. Es más, lo profundizan, porque afrontamos el sencillo hecho de que es posible seguir viviendo tras atravesar el infierno. El esfuerzo de Wang Bing es reconectar la vida previa a este tránsito con la que marcha hacia el futuro aquejada —incluso físicamente— por el pasado.

Cortesía de la artista. Malena Szlam, ALTIPLANO, 2018, 35mm, color, sonido, 15 minutos 30 segundos.

Sin embargo, el lenguaje se queda corto para enunciar algunos olvidos. En el filme Altiplano (2018, 16 min), de Malena Szlam, lo normalmente inaudible habla de lo padecido por el paisaje, sus primeros habitantes y sus constantes transformaciones. Esta recitación telúrica la componen “infrasonidos de la naturaleza, frecuencias que están por debajo del espectro audible del oído humano: voces internas de la tierra, aguas subterráneas, volcanes y vocalizaciones de ballenas”, explica la cineasta. 

 

En Altiplano vemos, como entre parpadeos, tierras trazadas (imaginadas, vistas, sentidas) por pueblos ancestrales. Sabemos lo que ha pasado con ellos. Conocemos ese silencio que no es tal, que reverbera en lo alto y lo bajo de América. Día y noche, suelo y cielo se confunden en la exploración de un ecosistema que revienta por la presión de la minería. 

 

Filmada como un proceso sensorial, una reacción a los ritmos de la imagen, la película extiende el paisaje interno hacia el exterior hasta disolverlo en la infinidad geológica. Quedamos ante un plano atemporal y, sin embargo, repleto de inscripciones históricas, algunas visibles, otras ocultas. Un paisaje que habla. 

 

***

 

Mariam Sahakyan tenía 101 años cuando aceptó colaborar con Markosian. Solo le pidió una cosa: que le trajera tierra de su aldea natal para ser enterrada con ella. La fotógrafa le trajo su tierra de vuelta, una tierra desperdigada por la Historia.

CRÉDITOS

Texto

Fernando Chaves Espinach

 

2020. San José, Costa Rica

 

Publicado en Julio, 2020

Volumen 3 , Número 5

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