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encuentros necesarios

por Carolina Bello & Pablo Franceschi

Un reencuentro con un vecino abandonado es el punto de partida de este documental performativo que reflexiona sobre lo que perdemos cuando el desarrollo urbano ignora la geografía física y emocional de las comunidades.

Escuchá esta historia narrada por el río

Desde mi casa puedo escucharlo, a veces olerlo y a veces sentirlo, pero no puedo verlo. Todo parece haberse construido para que pase desapercibido, para que viva escondido, invisible y temeroso detrás de los muros y cercas. Es como un vecino de esos solitarios que nadie conoce, pero que se sabe que vive ahí desde antes que todos: nadie le habla, nadie lo visita, nadie le pregunta.

 

 

El Río Uruca nace en lo alto del “Valle del Sol”, al oeste de la capital, donde el viento golpea con fuerza las montañas y donde aún brilla su transparencia. Desde allí, sus aguas fueron testigo de cómo, en cuestión de pocos años, el pequeño pueblo que había visto nacer se transformó en una pequeña ciudad rural industrializada, donde conviven vacas, cientos de carros, gallinas, exclusivos residenciales, call centers y gente a caballo. Sin reparo alguno, la modernidad invadió sus orillas y le dio la espalda. Su cauce hoy deambula entre muros, caños y árboles, entre zapatos y piedras, entre plástico y arena, entre el olvido y el recuerdo. 

A simple vista parece inofensivo, recorre el pueblo con calma y mesura, pero cuentan las historias que en el pasado (1916) inundó de piedras y barro las calles, las casas y las memorias, en una “corrientada” que arrastró parte del cerro Tapezco. Miles le han temido desde entonces, pues siempre ha existido la amenaza de que su furia haga desaparecer la totalidad del pueblo. Durante décadas se organizaron procesiones en su nombre clamando piedad, y hoy es monitoreado por las autoridades en caso de que su amenaza se vuelva más inminente. Pero a pesar de esto, no hace tanto, fue ‘el’ espacio de recreación para muchos: grandes y chicos, ricos y pobres, nativos y extraños. El río era una excusa para encontrarse y compartir cada fin de semana, no solamente con humanos, también con aves, monos, árboles, hongos, caballos, flores y miles de insectos… Alguna vez fue parte de la vida de todos, pero con el desarrollo acelerado y agresivo de la zona, el río cayó en un olvido profundo y hoy recorre de vez en cuando las memorias de los más viejos y de algunos jóvenes que lo recuerdan con alegría y nostalgia.

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Marta y su familia en La Peña de los Pericos, Río Uruca. 1979

La mañana en que lo conocí, me hizo sentir en otro lugar, incluso en otra época. Caí en cuenta de todo el tiempo que había estado ahí sin que yo lo notara y de la  maraña de sensaciones y pensamientos que me invadieron con solo verlo. Este encuentro necesario provocó otros encuentros: invitamos entonces a los que nos hablaban de él con nostalgia—como si se tratara de alguien que había fallecido— a volver a verlo, olerlo, escucharlo. A reconectar con él. Esto desencadenó una serie de momentos cargados de emotividad, donde emergieron recuerdos, historias y preguntas:

“Siempre que había crecida yo bajaba al higuerón y en una planicie de piedras encontraba muñecos y juguetillos, mamá no podía comprarlos pero el río nos los daba”Marta recuerda su infancia en el río. Al casarse también lo visitaba casi todos los fines de semana. Sin embargo, ya tiene cerca de 40 años de “ni siquiera asomarse”.

“Desde los 4 años vivo al lado del río pero tengo años de no venir… tantos que no puedo ni hacer el cálculo”—nos dijo Cristina, de 60 años, cuando la llevamos de vuelta al río.

Jorge, no recuerda hace cuánto no venía al río, pero calcula que más de 25 años—“El espacio del río y de los animales se ha ido reduciendo mucho por la urbanización, y no es justo” 

En la Peña de los Pericos, Calincho recordó sus aventuras hace más de 20 años—“Los viernes, que salíamos temprano del colegio, veníamos aquí toda la tarde.”

Esta historia de amor y convivencia, que acabó convirtiéndose en una de abandono y olvido, entre el río y la comunidad, se repite a lo largo y ancho del Valle Central. Hemos construido nuestras ciudades dándole la espalda a quienes más bien marcaron la pauta para levantarlas en primera instancia. Los ríos fueron clave para edificar las primeras ciudades coloniales, construir carreteras y marcar caminos. Pero en algún momento de la historia esto se obvió. “La indiferencia provoca violencia”, escuché alguna vez por ahí.  Podríamos deducir que entonces la atención forja amor, cuidado y cariño. Las voces de los ríos son necesarias para construir ciudades más justas y más sanas, pues además de interconectar ecosistemas en su recorrido, son espacios de convivencia y encuentro donde también se interconectan clases sociales y comunidades, así como memorias y tradiciones. La historia de una comunidad se escribe a través del vínculo que creamos no solo con otros humanos, sino también con estos espacios públicos y naturales que nos recuerdan que somos parte de un todo interconectado que necesita ser tomado en cuenta en su totalidad.

 

 

CRÉDITOS

Fotografías y Videos

Carolina Bello  y Pablo Franceschi

 

Texto

Carolina Bello May

 

2020. Santa Ana, Costa Rica

 

Publicado en julio, 2020

Volumen 3 , Número 1

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