Foto Ensayo

Brotes

por Pablo Franceschi Chinchilla
Recordando a los seres y los espacios de su pueblo que el desarrollo urbano ha anulado, Pablo reconoce duelos que ha reprimido por demasiado tiempo y busca los rituales que puedan honrar la pérdida, dar refugio a lo que aún está aquí y sembrar la paz para su comunidad interespecie.

¿Cuál es el primer recuerdo que podés recordar?, me preguntaron en un viaje profundo a través de un río volador. Es como un sueño…, pensé. No sé si sucedió. Pero algo puede ser cierto en el caos de mi memoria, y es que, ese recuerdo está situado en Santa Ana, el valle que moldeó mis moléculas desde que me consumieron en su cálido aire. ‘Me consumieron’, porque no nací en el Valle del Sol, vivo aquí desde mi primer año de vida cuando mis padres eligieron mudarse a ese cantón todavía rural, en aquel entonces, en el oeste de la capital. Las explosiones suceden en la tarde… ese recuerdo sí lo tengo, no sé si fue el primero. Siendo un niño no sabía que las explosiones eran parte del progreso, pensaba que solo se usaban en guerras. Estás a salvo, me decía Luz, la mujer que nos cuidaba. Ella ya había interiorizado las explosiones, eran parte de su cotidianidad, y de la de todo el pueblo, aparentemente. Poco a poco yo también las hice parte de mi paisaje sonoro diario. A veces las detonaciones ocurrían mientras jugábamos en ‘el otro lado’, debajo de un antiguo inmigrante que nos daba sombra y compañía. Había una hamaca de hule que colgaba de los brazos de aquel Laurel de la India que era más santaneño que yo. Por años ‘el otro lado’ fue el escenario de nuestras aventuras y travesuras infantiles, consistía en un ‘lote baldío’ en el cual los dueños de los apartamentos en donde vivíamos guardaban materiales de construcción, maquinaria vieja, entre otras cosas. En este espacio crecía el monte libremente y para mí era una aventura estar allí. Una cerca de cemento y malla galvanizada eran el límite entre el mundo real (cemento y jardines ‘bien cuidados’) y nuestro mundo de fantasía (tierra, monte y escombros), que hasta cierto punto se sentía más cerca de ‘lo real’. Cruzábamos la frontera entre lo artificial y lo natural todos los días. Una frontera que también intentaba estructurar mi pensamiento pero de la cual mi intuición siempre dudó. La sombra de aquel laurel era donde nos refugiábamos mi hermana, les vecines y yo a planear nuestras ocurrencias de ese día. Era una sombra amplia, abarcaba toda la propiedad del tamaño de una cuadra, se desbordaba hacia la calle. El tronco era muy grueso, no era posible abrazarlo y rodearlo con los brazos de una sola persona. Posiblemente su tamaño correspondía a una edad bastante avanzada por la cual no sé si alguien se preguntó antes de talarlo y construir un parqueo de cemento para los nuevos apartamentos. Tenía años de no visitar ese antiguo barrio de mi niñez. Cuando llegué y me di cuenta que aquel abuelo árbol había sido borrado no supe cómo reaccionar. Recuerdo que me encontraba con Alexis, el encargado del lugar que conozco desde niño. Cuando le pregunté acerca del árbol su reacción fue muy seca: ‘Ah sí, lo cortamos’. Obvio… dentro de la lógica del urbanismo moderno, el proyecto civilizatorio necesitaba espacio, un espacio ‘libre’ es dinero perdido, un charral, es una oportunidad para crecer, hacer crecer cifras. Recuerdo sentir una mezcla de confusión, dolor y enojo mientras observaba el sol inclemente sobre el cemento en donde antes yacía la frescura de aquella inmensa sombra. No me podía enojar con Alexis, es uno de mis héroes de niño y una buena persona. Quizás estaba enojado conmigo mismo por la ingenuidad de esperar un poco de respeto hacia el árbol de parte de mi especie. Ese ser vivo había sido anulado y a nadie parecía importarle, no era relevante: ese árbol era un ‘objeto’ y estaba sometido a las necesidades comerciales de los dueños del lugar. Pero para mí era más real que la cifra que provocó su ausencia.

¿Cómo es que la violencia hacia los árboles nos llegó a parecer normal? No sé si esa fue la primera vez que me hice esa pregunta. Parado allí junto a Alexis, mirando de frente al vacío, no supe cómo responder. La violencia se manifestó frente a mí como algo ‘normal’ y ‘necesario’ para hacer cumplir las exigencias del desarrollo. Deduje que cualquier signo de dolor u oposición me convertía automáticamente en un enemigo de eso que nombramos ‘vivir bien’, ‘poder comprar cositas’, ‘ser feliz’, etc. El urbanismo moderno fue y continúa siendo un dispositivo para legitimar el progreso de las sociedades latinoamericanas. La violencia se justifica en los principios de la modernidad que promueven enérgicamente una relación de dominio por sobre todo lo no-humano y se manifiesta en la necesidad de control sobre lo que se considera “espacio explotable”. La anulación de ecosistemas —de toda escala y forma— en las urbes funciona como un recordatorio de ese dominio. En muchas ocasiones el urbanismo moderno ha transformado el tejido social de los barrios y comunidades al perpetuar identidades totalmente desligadas de los ecosistemas en donde se asienta la ciudad. Por eso no es casualidad que de los territorios urbanizados emerjan subjetividades indiferentes a los ecosistemas y seres vivos que lo habitan, o lo que es aún más triste, que aquellas personas que ya tenían un modo de relacionarse y un sentido de pertenencia con el paisaje antes de convertirse en ciudad lo transformen para que calce con el modo de vida urbana que significa ‘un avance’ con respecto a la vida rural desde la lógica del progreso. Esta violencia estructural pretende inhabilitar otros tipos de relación entre el paisaje y los seres que lo habitan y más bien impone y constantemente refuerza una cosmovisión con raíz colonial y capitalista que hace de la ciudad el sitio donde se materializan los logros de la modernidad (1) por encima del bienestar humano y más-que-humano. Hoy, la ocupación de la mancha urbana que se extiende sobre Santa Ana es maquillada por una planificación sujeta exclusivamente al desarrollo de las relaciones capitalistas. Se prioriza las exigencias del mercado global y así se exacerba la desigualdad social, el crecimiento económico ilimitado y el consumo desenfrenado que no permite que exista una verdadera paz interespecie. Una manera en que el urbanismo está constantemente recordándonos los valores que exalta es a través de las infraestructuras y la forma en que ‘ordena’ el territorio. Una carretera se nos presenta como un avance espectacular, pero al mismo tiempo se convierte en un obstáculo importante para muchas especies animales que transitan el paisaje. Pero sin la carretera el progreso no llega a las comunidades, entonces el urbanismo se vuelve implacable con todo aquello que atente contra sus valores supremos. En el caso de las carreteras, ignorando las trayectorias de los otros seres. En Santa Ana, esta ‘puesta en escena’ (2) de la modernidad es evidente a través de la proliferación de centros comerciales y oficentros, condominios de lujo y urbanizaciones que surgen dentro de barrios tradicionales, vías hechas exclusivamente para automóviles y el abandono de un espacio público en peligro de extinción. Estos recordatorios están afectando continuamente a todes les vecines. Como las explosiones que sonaban desde el Cerro Minas cuando todavía extraíamos minerales de él, las dinámicas del urbanismo moderno ya se insertaron en nuestra cotidianidad: calles llenas de presas, contaminación y ruido excesivo. La normalización de la violencia ecológica deviene de una ideología antropocentrista que está inserta en la manera en que le damos sentido al mundo. No sentir dolor por un árbol, una montaña, un río, un ser no-humano es el sentido común de este tiempo y espacio que me tocó vivir. James Lovelock, quien propuso la Teoría de Gaia, decía que nuestro modo de vida urbano se puede considerar una invasión sobre el terreno vivo de la Tierra (3). Si nos consideramos una especie animal más en el planeta, quizás podamos ser conscientes de nuestra capacidad de decidir si incluimos o no a otros seres vivos y territorios en la co-creación de las ciudades, en lugar de apropiarnos de todo espacio y simular que no existe nadie allí. ¿Cómo podemos estar en paz si estamos esparciendo destrucción ecológica y desigualdad social a través de la ocupación del territorio? ¿Cuándo vamos a acallar el monólogo de la razón instrumental y dejar que nuestra intuición entre al diálogo? ¿Cómo podemos pretender vivir en paz si no tenemos los rituales para reconocer y darle el lugar al dolor que hemos infligido sobre el paisaje y seres no-humanos?

Siguieron sonando las bombas. Hasta cierto punto era hasta cómico: estar jugando escondido y de repente escuchar el estruendo y la vibración que en ocasiones producían las explosiones y el susto que delataba a más de un participante. Mirábamos hacia el sur y veíamos a la montaña exhalar polvo. Y no sé si lo soñé o fue un recuerdo, pero también existían los ríos limpios. Cuando lo cuento, les mismes santaneñes me miran con incredulidad y me hacen pensar que tal vez me lo soñé, pero yo sí recuerdo a los ríos, especialmente al que pasa por Calle Machete, el río Uruca. Allí yo me bañé. Yoyo, mi vecino, me llevó una tarde soleada. Una piedra enorme formaba una pequeña poza, nos tirábamos. A Santa Ana lo caracteriza un clima cálido, entonces estar en el río era bastante refrescante. No tengo pruebas científicas o técnicas para corroborar esto, pero el agua se percibía limpia, su cauce aún estaba sano, mi cuerpo lo supo en aquel entonces. Cuando volví a aquella poza después de mucho tiempo entendí por qué nadie me cree. Ya la poza no existe, su cauce fue dragado para evitar ‘accidentes’ en las propiedades de condominios y casas que ocuparon su margen. El acceso al cauce en ese tramo del río solo nos lo sabemos quienes lo visitamos, algunos humanos en situación de calle y otros animales que intentan cruzar por uno de los pocos pasos que conectan las montañas del sur del Valle Central con la costa pacífica de Costa Rica, un corredor biológico interurbano. Su cauce contaminado empieza a desvanecerse de la vista de las personas, detrás de cercas y muros, y así también desaparecen las historias que allí se vivieron. Caminar por su cauce en ese sector del río es ponerse en la piel de un ser marginado, es un acto de empatía —los guardas de seguridad de las urbanizaciones me han tirado a la policía por el simple hecho de estar allí. Eventualmente una garza nos da una bofetada de realidad. Andan y van a seguir moviéndose por allí, incluso aunque desde el urbanismo intentemos constantemente negar su existencia, aún mientras progresivamente convertimos a los ríos en caños. En época lluviosa el río canta y resuena en el sistema de cañones que bordea casas y urbanizaciones río abajo. Compite con el ruido de los motores, pero si se presta atención todavía se escucha conspirando con la vida que lo transita. Posiblemente hay más esperanza en las conversaciones con los ríos que en las conversaciones sobre los ríos. La desmoralización al darse cuenta de la injusticia —y de que somos cómplices— para algunes vecines es demasiado grande. Buscamos culpables externos: son los inmigrantes de los precarios, son los agroquímicos que tiran los que siembran río arriba, son los condominios que modifican el cauce y constantemente tiran sus aguas sucias al río, es la Municipalidad dando permisos... No entendemos por qué llevamos en nuestro cuerpo ese peso de culpa. Se nos olvida que la ciudad es un ecosistema, que es un sistema permeable y en negociación continua con otras formas de vida, que somos la misma agua que trajo Theia, que en nuestras células eucariotas también viven el Corrogres, el Oro y el Uruca. Es el peso de la historia profunda de la vida. Es una carga que no queremos llevar y existen miles de distracciones que nos dicen que siempre hay algo más importante que este fluir de la vida. El encantamiento del progreso solo nos llama a mirar hacia adelante y olvidarnos del entorno, de nuestro cuerpo, de los otros cuerpos y de nuestra responsa-habilidad dentro de la crisis ecológica. Por momentos me olvidé de que yo era cautivo y cómplice del urbanismo que se gestó en Santa Ana. Mucho letrero. Mucho ruido. Poca conexión. Todo muy rápido. Todes en modo automático. No presté atención a la ruda marchita. La asfixia me hacía mirar a las montañas. La herida en ellas que aparecía (antes de los megaletreros publicitarios) cuando uno bajaba por la autopista —era digna de una tarjeta postal. Ahora no se ve la herida, tampoco Santa Ana. 

Si cada día acuerpamos una cosmovisión destructiva y excluyente en nuestro modo de producir y habitar lo urbano, entonces también podemos encontrar en nuestra cotidianidad citadina maneras de acuerpar otras formas de existir y responder a los conflictos que produce el urbanismo moderno. Talvez aceptar la incómoda idea de que el conflicto es una condición del caos —el orden de la existencia— apacigüe aquella carga que llevamos. El filosófo Baptiste Morizot habla de repoblar nuestras vidas, “en el sentido filosófico de hacer visible que el sinfín de formas de vida que constituyen nuestros entornos no son un decorado para nuestras tribulaciones humanas, sino habitantes de pleno derecho del mundo, porque son ellos quienes lo crean mediante su presencia”(4). Percibo que ese repoblar implica afinar nuestra capacidad de atención para reconocer que existen otras formas de vida acompañándonos con sus propias trayectorias, relaciones y anhelos. Para que emerjan acciones políticas situadas capaces de subvertir el orden y las jerarquías entre los habitantes del territorio, humanos y no humanos, y transformar así el conflicto. Quizás esas acciones puedan también entenderse como rituales que nos recuerdan constantemente la presencia de otras formas de vida, las trayectorias del territorio y cómo nuestras vidas se encuentran con ellas, y darles un lugar en nuestra cotidianidad siempre enmarañada. Estamos llamades a convertirnos en esas ondas de acción que desobedezcan la frontera con el ‘otro lado’. Borrar esa frontera es una forma de habilitar conversaciones horizontales con lo más-que-humano desde un terreno común —que el diálogo con el territorio y sus habitantes deje de ser siempre una reafirmación de las distancias que imponemos a través del desarrollo y el progreso.

Una mañana se escucharon más explosiones de lo normal. Las granadas de gases lacrimógenos caen en los estudiantes que se manifiestan contra el botadero de basura que el Gobierno decidió poner en el cantón. Calles bloqueadas feriados obligatorios desidia violencia antimotines sirenas unión defensa democracia. Un pueblo unido que no permitió que se hiciera ese botadero, es un recuerdo que habita en mí y me fraterniza con quienes lucharon por cuidar mi casa. Fue una lucha por la sanidad de la población y del paisaje para no permitir malos olores y derramamiento de sustancias químicas contaminantes sobre el territorio y los ríos, para cuidar los ecosistemas. Hoy, el botadero ¿no existe? Caminando el paisaje, aparece esparcido en las calles, lotes, quebradas y ríos, el botadero que creímos haber evitado hace 30 años. Y no es la basura invasora de les ‘otres’, es la nuestra. 

 

Las bombas cambian de formato. Las explosiones eran inclementes pero la sutileza de la indiferencia es igual de efectiva. Les corredores y ciclistas matutinos siguen pasando por la esquina del lote de la casa abandonada a la que le crecieron árboles encima y alrededor. De un día para otro los árboles dejaron de existir con una efectividad soberbia. Solo quedaron un par de letreros de otro tipo de corredores y un cuadro vacío. La luz dura del Sol sobre la tierra aplanada y ‘limpia’ de la vida que allí estuvo por los últimos 20 años. Las sombras las borramos del paisaje y las mandamos a la gaveta de la memoria en donde todas ellas se hacen luz. Me duele la limpieza, me duele el orden, me duele ver los deportistas pasando sin reconocer el dolor. Extraño el caos. El pragmatismo rompe la piel del paisaje. Al contactar a las autoridades para tratar de darle sentido a la tala de más de 10 árboles —tres de ellos posiblemente centenarios (según cálculos que puedo sacar con mi edad)—, me respondieron que todo había sido realizado bajo la ley. Estoy vivo en el principio o fin de una era, en una transición, pero ¿hacia adonde? —me pregunté mientras veía los cuerpos sin ramas aún de pie de vecinos que solía ver todos los días, ¿por qué nunca les dije lo mucho que agradecía su existencia?

Nuestra poca capacidad de darle un lugar a los duelos que experimentamos cuando el paisaje en el que vivimos y crecimos se transforma de manera abrupta o gradualmente es testimonio de una desconexión y de una herida colectiva más profunda. Cada vez que somos indiferentes y tratamos de bloquear el dolor, la ira, la tristeza que da presenciar la injusticia, esa herida se hace más grande y profunda. Estamos poniéndola de última prioridad sin darnos cuenta que este es el mundo, esta es la época que nos tocó vivir, es ahora que debemos de actuar, no después cuando se ‘acomoden las cosas’, es ahora que tenemos que hacer otros mundos con nuestras lágrimas. Experimentar el deterioro y eventual muerte de mi padre por una enfermedad terminal se parece mucho a estar presenciando el desastre ecológico que estamos desatando con el desarrollo inmobiliario y urbano en Santa Ana. Es como estar viendo a un ser querido poco a poco morir y son tantas las fuerzas que lo están llevando hacia ese destino que parece que lo único que me queda es, como lo hice con mi padre, acompañar. Buscar darle al territorio y a los seres vivos no humanos que aún lo transitan esos pasadizos y avenidas de esperanza que pueden alargar sus existencias un día más… tan solo un día más. Perder a alguien cercano por una enfermedad terminal hace el proceso de despedida más lento, te da ‘tiempo’ para prepararte pero no deja de afectar durante y cuando finalmente muere. Aunque nunca me lo diagnosticó algún doctor, después de varios años de la partida de mi padre, me percaté que atravesé una depresión después de su muerte. En ese sentido la depresión se parece a la Historia: uno no sabe que está atravesando periodos importantes hasta que años después miramos atrás y nos enteramos de los procesos en los que estábamos inmersos como sociedades. No era consciente de la transformación y posiblemente no hice los rituales necesarios para llorar su partida —el patriarcado también es una carga que llevo. Durante ese período dudé muchísimo de mí, de mis capacidades, de quién era yo y de mi papel en este mundo. Creo que el tiempo y mi familia me curaron, nunca lo expresé. Dudo que los duelos tengan un rango de tiempo establecido. Viven con nosotres. Tratar de eliminarlos es una manera de responder a esa idea de felicidad permanente que el capitalismo vende por todo lado. He aprendido a encontrar paz en el duelo, no solamente encontrar paz con el duelo, porque presiento que habitará mi cuerpo siempre. Darle un lugar al duelo por aquello que se pierde a causa de las formas violentas de hacer ciudad hoy es un acto subversivo que nos puede dar un poco de paz ante la injusticia, pero también nos puede dar el espacio para atrevernos a reinventar nuestro papel como especie en nuestra casa común. Si hay duelo, es porque hubo una muerte. Si hubo una muerte, necesitamos los rituales para honrar esa vida perdida. Nos sirve para darle sentido a nuestra existencia, ahora sin ese ser. Bajo esta lógica, rituales que honren el duelo por una muerte injusta de un río, una montaña, una especie, se convierten en una denuncia contra el paradigma colonial y capitalista que organiza a esta sociedad. Rituales subversivos que emergen del amor y la empatía por un territorio… por lo ‘otro’ que también nos constituye. Me pregunto si, en otra época de la corta historia de nuestra especie, hacer rituales para el paisaje ha sido un acto político tan importante como ahora. No sé ni siquiera si el sentido común imperante permita que personas humanas que amo, que admiro escuchen y aprueben esto que propongo. Al mismo tiempo, es muy probable que ideas como estas me pongan en contra de los intereses actuales de toda la comunidad humana de Santa Ana. Un nuevo diseño de ciudad que no esté basado exclusivamente en la exigencias del mercado implica un cambio de mentalidad y sobre todo una escala de valores nueva, que signifique replantear los materiales que utilizamos, los procesos, y el estudio de nuevos modelos de urbanismo que sirvan no sólo desde el punto de vista funcional, sino también desde el punto de vista del uso social (5)—o sea que prioricen el bienestar de todes. Un diseño ecológico y radicalmente democrático que posibilite la participación de todo actor involucrado, o sea abierto, siempre incluyente. Un reto complejo, sin duda. Los cambios de paradigma muchas veces suceden en períodos de tiempo que nos sobrepasan, aunque a veces también suceden abruptamente, nadie puede predecirlos. Quisiera estar viviendo en uno de estos momentos, un cambio hacia formas de ser que amplíen nuestra conciencia y enriquezcan la experiencia de todas las formas de vida de la Tierra, no solo la de los humanos. Que produzcan sociedades que prioricen el cuidado de la vida ante cualquier otro interés, que erijan ciudades ecosistémicas que nos liberen de las estructuras de desigualdad que reproduce el sistema capitalista. Mientras esto sucede, me propongo cuidar —acompañando, alimentando, limpiando, sujetando, llorando— todo aquello que esté a mi alcance. Al cuidar, siembro la paz de Santa Ana.

Epílogo

 

Intervención-ritual en el sitio donde alguna vez existió un pequeño bosque.

 

CRÉDITOS

Texto y Fotografías
Pablo Franceschi Chinchilla


Costa Rica, 2026


Publicado en Enero de 2026
Volumen 10, Número 4

HISTORIAS RECOMENDADAS

Atender al dolor de la selva

Notas para una lectura del testimonio de la naturaleza.

Point de Fuite

Un ensamblaje de fragmentos que buscan verdad y justicia.

Diarios Volcánicos

Encontrando paz en un cuerpo inquieto

El jardín del lenguaje

Lo que un orangután signante puede decirnos sobre la conciencia.

MÁS HISTORIAS
magnifiercrosschevron-up